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Enfermedades psicosomáticas

—Un barco que navega a la deriva—

Cuando una persona vive mucho tiempo sin tomar decisiones sobre cualquier faceta relevante que le concierna a sí misma, se ha convertido en alguien dócil y adaptable a las circunstancias, abandonando el derecho que tiene a defender sus opiniones. Esta renuncia de sí mismas, que por diversos motivos, hacen algunas personas, les va a pasar factura si en algún momento de su vida se ven obligadas a efectuar un cambio.

Entonces se sentirán desbordados por las circunstancias y quizá se puedan desestabilizar emocionalmente, llegando a perder la perspectiva del rumbo de su vida y de su futuro. Si caes en la inercia de una vida sin iniciativa, estarás bloqueando la energía, y poco a poco irás plegándote tanto sobre ti mismo, que puedes acabar convirtiéndote en una especie de agujero negro, que te fagocitará sin remisión. Pero aún en los momentos más críticos de la vida de cualquier persona, sigue latente dentro de ella el instinto de supervivencia, como bien dice el refranero popular

La esperanza, es lo último que muere. Concretamente alguna de esas semillas de esperanza, debía de albergar yo dentro, pues a pesar de haber sido etiquetada tantas veces por psicólogos y psiquiatras con diagnósticos lapidarios, aún conservaba esperanzas de encontrar un médico que fuera capaz de “curarme” esa extraña enfermedad, que no se dejaba ver por ninguna de las sofisticadas máquinas de los hospitales, pero que convertía mi vida en un continuo sufrimiento.

—Buscando alternativas—

Supuestamente, aquel libro que estaba sobre la mesilla de mi dormitorio, representaba el revulsivo que necesitaba para enlazar mi atonía con los primeros pasos hacía el cambio, al menos eso pensaba mi amiga.

Antes de comenzar a leerlo, eché una ojeada a las páginas centrales, es una mala costumbre que tengo desde niña y de la que me cuesta desprenderme. Por lo que pude percibir, el grueso de su contenido se basaba en ejercicios de visualizaciones y técnicas de relajación, para los que yo no me sentía en aquel momento con fuerzas ni motivación de llevar a cabo. Por entonces, cualquier tarea por sencilla que fuera, era probable que desbordara mi capacidad de reacción.

Y dejándome llevar por mi desgana, cerré el libro a la espera de encontrar un momento en el que me sintiera más motivada, como el estudiante que pospone los deberes escolares para el último momento. Pasados unos días, en unos de esos momentos en que tenía la mente algo más despejada de la confusión que me producían los fármacos que los médicos me recetaban, pensé en lo preocupada que se había ido mi amiga al ver el estado en que me había quedado, y giré la vista hacia el libro que continuaba en la mesilla de noche. Me sentí mal por no valorar como merecía la atención que tenía hacia mí, y también pensé en tomar precauciones por si me llamaba para pedirme una opinión sobre su contenido, así que con desgana y lentitud alargué el brazo hasta la mesilla y lo tomé para echarle una segunda ojeada, esta vez algo más extensa.

En esta ocasión comencé por el principio, me había comprometido conmigo misma a leerlo de manera ordenada y prestarle la mayor atención posible. Sin embargo, he de confesar que mi buena intención no llegó más allá de las diez primeras páginas, y no fue por desdén ni pereza, por lo que renuncié a dedicar más tiempo a su lectura, ese esfuerzo lo hubiera superado, a pesar de que mi estado de ánimo no fuera el idóneo para la lectura; lo que me echó para atrás, fueron la cantidad de obviedades que había en sus páginas. Frases hechas, redundantes hasta el tedio, eran sobrado motivo para que lo cerrara, casi con indignación.

Hay cosas inútiles, vacuas de contenido, pero no existe nada que por muy anodino que sea no tenga la capacidad de transmitir algún mensaje o sentimiento. Aquel libro, contenía en su esencia todos esos calificativos y claro que transmitía algo. . . A mí en concreto, me indignaba cada página que leía, me sentía como si su autora, me estuviera llamando tonta en mí misma cara. Aquel libro de “autoayuda” era el primero que había llegado a mis manos y a pesar de la enorme popularidad que ésta temática estaba teniendo entre las personas comprometidas con un proceso de cambio, para conseguir un “bienestar pleno,” yo comenzaba a darme cuenta que a mi concretamente, iba a servirme de muy poco.

Si yo pude, tú también puedes. Con ésta frase lapidaria comenzaba aquel tratado milagroso que servía para todo. Los razonamientos que hacía la autora, eran tan lineales y simples que solo le faltaba decirles a quienes buscaban remedio a su mal, que si estaban sufriendo era porque no había leído su libro, al que sin pudor alguno, catalogaba como una especie de vademécum para la felicidad.

Cada vez que pensaba en los miles de ejemplares que se estaban vendiendo y en el dinero que pagaban los lectores por un libro que contenía un mensaje falso. . . Una especie impotencia e indignación me invadía por completo, al ver de qué manera tan descarada engañaban a la gente. Afortunadamente no fue mi caso, pues fue suficiente aquella primera frase para darme cuente que estaba ante un auténtico fraude.